Con las alas de Espíritu
Dice San Agustín que el amor es como la andadura del espíritu. Por eso nos recomienda caminar con dos pies firmes: amar a Dios y amar al prójimo. No con uno solo, porque si cojeamos de un lado, el camino se vuelve inestable y el vuelo, imposible.
 
No somos aves, pero podemos volar. Las alas del Espíritu son precisamente esas dos: el amor a Dios y el amor al hermano. Son los dos soportes que nos sostienen y nos elevan. Cuando ambos están presentes, el alma se eleva; cuando falta uno, cojeamos y nos quedamos a ras de tierra.
El amor no se puede vivir a medias. No admite parcialidades ni selectividades. No se trata de amar solo lo que nos resulta cómodo o agradable, sino de abrazar plenamente tanto lo divino como lo humano. Amar a Dios sin amar al hermano es incompleto. Amar al hermano olvidando a Dios también lo es. Ambos son necesarios para que el amor sea auténtico.
 
San Agustín lo expresa con claridad en su comentario a los Salmos: el verdadero amor camina con dos pies. Uno se dirige hacia arriba, hacia el Padre misericordioso y compasivo de quien hemos recibido todos los dones. El otro se dirige hacia el lado, hacia los hermanos a quienes debemos amar. Solo así el paso es firme y el caminar, seguro.
 
En sus Confesiones, el mismo Agustín profundiza en esta verdad con una belleza conmovedora. Reflexionando sobre la verdadera amistad y el amor ordenado, escribe:
 
«Bienaventurado el que te ama a ti, Señor, y al amigo en ti, y al enemigo por ti. Porque sólo aquel no pierde a ningún querido a quien todos son queridos en Aquel que no se pierde jamás. […] Si te agradan las almas, ámalas en Dios, porque ellas también son mudables y, fijas en Él, permanecerán; de otro modo desfallecerían y perecerían. Ámalas, pues, en Él y arrastra contigo hacia Él a cuantos puedas».
 
Aquí se ve con toda claridad lo que el santo quiere decirnos: el amor a Dios no es un amor cerrado o abstracto. Es un amor que se expande y se hace concreto en el prójimo. Amar al hermano “en Dios” es precisamente poner los dos pies en el suelo y las dos alas en el aire. Solo así el amor se vuelve pleno, estable y capaz de elevarnos.
 
Por eso, al terminar esta reflexión, podemos hacer nuestra esta sencilla oración:
 
Señor, dame la fuerza para amar en la vida con amor del bueno, que no es otro que el amor a ti, Padre misericordioso y compasivo, de quien he recibido todos los dones, y el amor a mis hermanos, a quienes debo amar para poder amarte a ti. Que estos sean los pies sobre los que camino con firmeza. Si falta uno de los dos, mi amor no sería auténtico. Amén.

Y como compromiso concreto de este día: que todo lo que hagamos lo hagamos por amor. Pensando en Dios y, al mismo tiempo, en la persona concreta a la que estamos llamados a amar.
 
Porque solo así volamos… con las alas del Espíritu.