Canta y Camina

Canta y camina. Este es el título de nuestro encuentro de hoy.

Dice San Agustín: «Canta como suelen cantar los viandantes. Canta, pero camina. Consuela con el canto tu trabajo. No ames la pereza. Canta y camina». Esto lo dice en el Sermón 256.

Procuras vivir cada jornada con alegría. Hermanos, nuestra vida es un viaje. Un viaje en el que a veces hay dificultades, pero también en este viaje tenemos muchas oportunidades de momentos de felicidad y dicha. Cantar mientras caminamos es una metáfora.
Ciertamente no dice que podemos afrontar las cargas de la vida con esperanza, alegría… eso que hoy llamamos resiliencia.
Nos pasamos la vida refunfuñando, quejándonos.

Estamos casi siempre de mal talante y nos pasa que, al estar así, no disfrutamos la jornada. No disfrutamos ni valoramos la cercanía con los compañeros de trabajo. No saboreamos la dicha de estar con la familia en armonía.
Parece que lo nuestro es sufrir, hacer lo que tenemos que hacer…
Y hacerlo con alegría nos ayudará a ser más felices y resilientes.

San Agustín, en el Libro X de sus Confesiones, escribe estas palabras que iluminan profundamente este camino: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz.»

Estas palabras nos recuerdan que, aunque el camino sea pesado y a veces caminemos enfadados o cansados, la verdadera alegría nace cuando descubrimos que Dios ya camina dentro de nosotros. Por eso podemos cantar mientras seguimos adelante.

Vamos a orar juntos.

Señor, si yo también soy de los que pasan las horas del día enojado y hasta airado en ocasiones, esto me impide disfrutar y gozar los pequeños detalles de cada jornada que se me cruzan en el camino y que debería aprovechar para estar más alegre, feliz y contento.
Ayúdame a dominar mi enojo, a ser resiliente, es decir, a saber adaptarme a cada momento sin desfigurar la imagen que soy de ti. Amén.

Y como compromiso, pues les sugiero que identifiquemos las cosas que en el diario vivir nos preocupan, nos enojan y hasta nos dan rabia. Y tratemos de actuar en esos momentos con más resiliencia para no dejarnos abatir.