Amor del bueno: amar a Dios desde Dios
Hay una gran diferencia entre decir que amamos a Dios y aprender a amarlo verdaderamente. Muchas veces creemos que nuestro amor basta por sí solo, pero con frecuencia terminamos construyendo un Dios a nuestra medida: uno que se adapta a nuestros gustos, expectativas o conveniencias. Sin darnos cuenta, dejamos que nuestros sentimientos o intereses ocupen el lugar de la voluntad de Dios.
San Agustín nos invita a mirar este misterio con una profundidad extraordinaria cuando afirma: «Puesto que el Espíritu Santo es Dios, amemos a Dios desde Dios.» Estas palabras, tomadas de su tratado De Trinitate, nos recuerdan que el verdadero amor a Dios no nace únicamente del esfuerzo humano, sino que tiene su origen en Dios mismo.
Amar con amor del bueno significa permitir que sea el Espíritu Santo quien transforme nuestro corazón. Es un amor que no se fabrica con emociones pasajeras ni con simples buenas intenciones. Es un amor que brota de la presencia de Dios en nosotros y que nos impulsa a buscar su voluntad por encima de nuestros propios deseos.
El Espíritu Santo habita en quienes han abierto su corazón a Dios. Él es quien fortalece nuestra fe, ilumina nuestras decisiones y nos concede la capacidad de amar de una manera que supera nuestras limitaciones. Por eso, cuando amamos auténticamente a Dios, no lo hacemos solos: respondemos al amor que Él ya ha sembrado en nuestro interior.
Esta verdad cambia completamente nuestra manera de vivir la vida cristiana. Ya no se trata de demostrar cuánto podemos hacer por Dios, sino de dejarnos conducir por Él. El Espíritu Santo nos guía, nos sostiene cuando las fuerzas flaquean y nos concede los dones necesarios para perseverar en el camino de la fe.
En sus Confesiones, San Agustín expresa esta realidad con una oración que refleja el corazón de quien ha descubierto que todo amor verdadero nace de Dios:
«Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Y he aquí que tú estabas dentro de mí, y yo fuera; y por fuera te buscaba. Me llamaste, clamaste y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, lo aspiré y ahora suspiro por ti; te gusté, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y me abrasé en tu paz.»
— Confesiones, Libro X.
Estas palabras muestran que Dios siempre toma la iniciativa. Es Él quien sale a nuestro encuentro, quien despierta nuestro corazón y quien hace posible que podamos amarlo de verdad. Cuando descubrimos esta realidad, entendemos que el amor cristiano no comienza con nosotros, sino con la gracia de Dios actuando en nuestra vida.
Por eso vale la pena preguntarnos: ¿Estoy dejando que el Espíritu Santo conduzca mi manera de amar a Dios? ¿O sigo intentando amar desde mis propias fuerzas?
La invitación para hoy es sencilla, pero profundamente transformadora: dedica unos momentos de silencio para reconocer la acción del Espíritu Santo en tu vida. Pídele que te enseñe a amar a Dios con un corazón renovado, que tu amor no sea solo un sentimiento pasajero, sino una respuesta constante a la obra que Él realiza en ti. Y que ese amor, nacido de Dios, se haga visible cada día en tus palabras, en tus decisiones y, sobre todo, en tus obras.
Porque solo cuando amamos desde Dios, descubrimos lo que realmente significa amar con amor del bueno.


